El concepto de soul food que yo cachaba está ligado a la cultura afroamericana del sur de EEUU. Harto pollo frito, cerdo, arroz, y en general el aprovechamiento de toda la comida, esta noción de que no se pierda nada. Aunque sin tanto ingrediente carnívoro ni fritura, el concepto del Varanasi no se aleja tanto, en el sentido de que dicen que trabajan “desde el principio de que la comida y que uno es lo que come”. En general, la carta está compuesta de elementos vegetarianos, orgánicos y especiados y generan su propio concepto del soul food. También hay pollo, pescado, pulpo y carne, pero no es lo que más abunda en la carta.

Este restaurant, que entiendo que antes estaba en Manuel Montt, abrió el 9 de septiembre en el paseo El Mañío en Vitacura, y con una amiga estábamos esperando ansiosas su inauguración para ir. Así apenas abrió nos fuimos a dar una vuelta por allá y solo les puedo decir que estuvo guanderful.

El lugar es precioso, obvio. Todos los locales de ahí están decorados a conciencia, pero este es de onda más boho, más rústico y artesanal, pero no por eso menos cuidado. Un par de cosas choras que encontré del lugar es que la barra es lo suficientemente espaciosa como para que se pueda comer en ella sin estar incómodo. Caben los platos perfectamente ahí, no es como cuando vai a un restaurante y está todo lleno y te dicen “pasen a la barra por mientras”. Aquí te puedes quedar en la barra comiendo de lo más bien. Otro punto a favor -y buen marketing ahí- es que uno puede llevar a sus mascotas a la terraza por lo menos <3

Saqué mil fotos del interior del lugar para que lo vieran, pero era oscuro, siguiendo con esta onda boho con harta vela y luces suaves, así que las fotos están pésimas jajajaja.

Ahora, vamos a lo importante aquí. La carta no es de seis páginas con 80 opciones para comer. Es una sola página, y cada plato tiene una simbología: vegetariano, vegano, vegan-friendly, 0% gluten y crudivegano, para que uno pueda elegir su plato según eso también. Hay entradas, sándwiches, pizzas, ensaladas, sopas, platos de fondo propiamente tal y postres. Otro dato choro es que las sopas van variando según la temporada y el tipo de verdura que esté disponible según esta.

Cuando te sientan en la mesa, te traen altiro una botella de agua, aparte de lo que sea que pidan para tomar, que encontré bacán, porque siempre voy a querer tomar agua. En vez de picotear pan con pebre o con mantequilla, te traen un pancito integral con semillas y humus en un frasco de vidrio, que no solo se ve lindo, estaba delicioso, cremosito y suave.

Nosotras nos pedimos una jarra de sangría para compartir mientras pensábamos qué íbamos a comer porque todo se veía como una buena opción. Nos demoramos caleta, vinieron a preguntarnos como tres veces y estábamos pa la cagá intentando elegir. Finalmente nos decidimos por una entrada y una pizza, pero la pizza que queríamos estaba agotada y la otra tenía pepperoni y mi amiga no come carne, así que nos pedimos un sándwich.

La entrada: Paté de shitake (que es un tipo de hongo como el champiñón), sobre una reducción de aceto balsámico, con peras glaseadas, tostadas de pan multisemilla y ensalada de berros. ¿Cachan a lo que voy cuando les digo que cada plato tiene una preparación cuática? Por eso nos demoramos tanto en elegir! La entrada costaba $7.400.

No puedo explicarles cómo estaba, salvo decirles que la combinación de sabores del aceto con las peras glaseadas era ufff y que de solo pensar en el paté se me hace agua la boca. Nos faltó pasarle la lengua al plato. Con eso les digo todo.

Después nos trajeron nuestro sándwich arábico: pan pita integral relleno con falafel, cebolla morada encurtida, palta, tomates cherry y “mix verde orgánico” con una salsa de yogurt casero. En vez de pan pita integral, nos lo ofrecieron en ciabatta y quizás me arrepiento un poco porque no fuimos capaces de pedir postres después de eso. Costaba $6.400 y encuentro que para ser un sándwich vegano, orgánico y todas estas cosas tan de moda últimamente, era un precio justo. Estaba exquisito, se me desarmó un poco, pero el sabor se mantuvo. Venía acompañado de papas fritas o una ensalada y obvio que papas y siempre papas, que venían con cáscara y me encantan así.

Cuando estábamos en plena función de comernos el sándwich, nuestro mesero (que a todo esto, son todos simpáticos, la mayoría con el pelo largo, medios hippies) nos vino a decir que si queríamos postre, que teníamos que pedir luego porque iban a cerrar la cocina porque ya era tarde igual. Nos aweonamos porque estábamos medias llenas a esas alturas y dijimos que filo con el postre. Estoy arrepentida hasta hoy, 15 días después de haber ido.

Es que había crème brûlée de queso de cabra, cheesecake de lavanda y cacao, pastel de triple chocolate. No, todo mal. ¿Cómo no lo pedí pa llevar por último? En fin. Tanto así que con mis amigas ya decidimos ir de nuevo esta semana para poder pedir postres, porque uno no va a ser suficiente.

Así que les dejo la invitación hecha para que vayan con sus mascotas, se tomen una jarra de sangría bien fría, prueben estas delicias y nos cuenten qué les pareció.

Autor

Periodista intentando subsistir como tal. Me encanta que me recomienden series porque las veo todas, soy experta en comprar lo que se imaginen por internet y de vez en cuando prefiero escaparme al cerro con mi partner perruna que hablar con la gente.

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