No le había tomado el peso sino hasta ayer a la cantidad de años que me acompañaron las cabras de Girls. Cinco para ser exactas. Cinco años desde que Hannah arrendó su primer departamento como mujer independiente junto a Marnie en un edificio de Brooklyn. Cinco años desde ese final de capítulo piloto y desde aquella sentencia medio ingenua pero 100% determinante que marcó un inicio. La de querer convertirse en la voz de una generación.

Ayer terminó Girls. Para siempre. Pocas veces he sido tan fiel a una serie, pese a sus caídas y malos momentos. Cuando no me gusta algo, por lo general lo dejo de ver y punto, pero algo había acá que no me dejaba desprenderme. Cuando Hannah se puso weona, la perdoné. Cuando Jessa se la cagó con Adam, la apañé hasta el final. Hubo altos y bajos con Girls, pero creo que al final fue mi relación con el personaje de Lena Dunham lo que hizo imposible que la abandonara, y eso que reconozco haberlo pensado en algún punto.

El capítulo de ayer lo deja claro. Todo el tiempo se trató de Hannah y de su propio proceso hacia la adultez (o no). Desde que supimos que estaba embarazada y que iba a tener la guagua, nos dimos cuenta que era su decisión la que marcaría al fin una inflexión en su vida. Por primera vez la sentimos tan convencida de algo, jamás le importó que otros le dijera “loca, no, vai a ser pésima mamá”. Ella eligió ese camino y en ningún momento lo dudó, a pesar del miedo, del poco apoyo y de la idea de tener a un hijo sola. Y me detengo aquí porque si hay algo que valoro de Girls es que aunque es probablemente una de las series más feministas que haya visto, ve el aborto como una opción válida, pero también plantea la maternidad como una alternativa, por sobre todo, respetable y valiente. Porque ¿qué más valiente que DECIDIR ser mamá? ¿Qué más valiente que mandar a la chucha todo y atreverte con el desafío más importante de tu vida?

Jamás me imaginé que Girls fuera a terminar como una lección tan certera sobre maternidad. Yo no soy mamá y sospecho que por lo mismo el último capítulo no me llegó tanto ni me emocionó como sí lo hizo el capítulo 9, con Hannah y Jessa reconciliándose. Pero concha, la escena final. Ver a Hannah entendiendo todo, procesando hacia dónde se dirige ahora su vida, me hizo entender todo también. Los finales no siempre se cierran como uno quiere en todos los ámbitos. Puede haber un final sin el lado amoroso resuelto, puedes entre medio perder a una amiga para siempre (pasa), puedes volver a tu casa sintiéndote desnuda, porque la vida al final se trata mucho de sacrificar. Y eso es justamente lo que hizo Hannah: sacrificó y eligió.

Quiero aclarar que esperé mucho más del último capítulo de Girls. El “todo” me dejó un poco meh y hubiese querido llorar con los pañuelitos que tenía listos en mi velador, pero si no pasó también es por algo. De todas formas agradezco a Girls estos cinco años que me enseñaron mucho y que, por sobre todo, me hicieron sentir identificada en muchos aspectos de mi propio proceso a la adultez (o no). Porque sentirse adultas cuesta, yo todavía voy camino a eso y es una transformación que se siente larga, pero de la que todos los días aprendes algo nuevo. Girls sin duda me ayudó a internalizarlo mucho mejor.

Parecen siglos desde esa cena de Hannah con sus papás, cuando ellos le informan que van dejar de financiarla económicamente. Ahora es ella la que está alimentando a otro ser humano y la que iniciará una vida totalmente diferente a la que inició cinco años atrás, también con miedo. Porque en el fondo todo es un círculo y se trata de ir desprendiéndose del paso anterior. Y con cada paso ir también convirtiéndose en una nueva voz de una nueva generación.

Autor

Periodista y directora de The Pocket. Me gustan los perros, las películas y veo más series de las que debería. En otra vida fui una sailor scout.

Deja Un Comentario