Desde su muerte en 1997, Diana Spencer ha sido objeto de divisiones. Por un lado, muchos enfatizan en su vulnerabilidad, bondad y ser víctima de la monarquía británica y los medios de comunicación, mientras que otros consideran que su imagen era una manipulación de su parte.

Me gustaría expresar mi admiración por la Princesa Diana más allá de la esfera de ícono pop o ícono de la moda, sino por su trascendencia política, la cual probablemente nunca fue intencionada.

En las monarquías actuales, los miembros de las familias reales no manifiestan sus visiones políticas y Diana no fue la excepción, declarando en más de una oportunidad que quería ser vista como una figura humanitaria más que política. Su personalidad y apertura al momento de hablar de temas personales y llevar una vida “normal” pese a su estatus, hizo que la Casa Windsor fuera mucho más popular, cercana y “moderna”.

Personalmente, considero que las monarquías no deberían existir en las sociedades contemporáneas, pero es una realidad en muchos países y debemos entender a Diana en ese contexto. Sin embargo, su rol político fue relevante al salir de la pasividad y la esfera de la caridad propia de las princesas y manifestar su posición explícitamente frente a problemáticas importantísimas en la agenda global de la época hasta la actualidad, como el VIH, las minas antipersonales (sus labores fueron un factor catalizador del Tratado de Ottawa), la pobreza y la falta de acceso a recursos en países en desarrollo, particularmente en África. Diana aprovechó su posición privilegiada para visibilizar un mensaje, buscando crear consciencia y acción.

Diana fue capaz de divorciarse del heredero de la corona británica, vivir su femineidad y sexualidad. Sus parejas fueron públicas, incluido Dodi Al-Fayed, junto al cual falleció en el trágico accidente en París. ¿Se imaginan el impacto de esto, más encima considerando que Al-Fayed era musulmán, en una sociedad tan conservadora?

Diana nunca guardó silencio. Fue honesta cuando confesó su lucha contra trastornos alimenticios como la bulimia, la depresión, la baja autoestima, su intención de no querer convertirse en la típica reina en un sistema real en el que no encajaba, lidiar con un esposo que no la quería y amaba a otra, que la engañaba, y que quería que William pasara directamente al reinado.

Fue precisamente tras su divorcio que empezó a mostrarse como realmente era, una vez que rompió en mil pedazos el sueño de toda niña de casarse con un príncipe y vivir feliz para siempre. En ese sentido, ejerció una forma de feminismo, sí, ese feminismo blanco liberal de una clase privilegiada, pues nunca cuestionó el status quo de la existencia misma de la monarquía; pero dentro de este marco fue revolucionaria, pues dio una voz a miles de mujeres que obtuvieron de ella la fuerza para enfrentar sus problemas y, quizás, salvar sus vidas.

Como argumenta Beatrix Campbell, autora del libro “Diana, Princess of Wales: How sexual politics shook the Monarchy”, el acto de Diana de exponer su vida fue un acto político que promovió el republicanismo en Reino Unido, pues expuso a la familia real, provocó que los ciudadanos tomaran consciencia de sus defectos y llamarlos a rendir cuentas.

La princesa Diana fue amada en todo el mundo y su influencia no puede ser subestimada. Marcó una era, se transformó en una heroína nacional, es un referente para muchas personas y por eso, al menos yo, la valoro. Toda mujer que transforma su sufrimiento en logros merece ser reconocida.

Autor

Soy Analista Político Internacional, tengo 28 años y cuando no estoy escribiendo, horneo galletas. Fan de Corea y su cultura, tomo mucho té, me gustan los edificios bonitos.

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