Iba en la 224 de vuelta a mi casa después del colegio. Primero medio, jumper cuatro dedos arriba de la rodilla, polainas y mis parches de Placebo. Siempre me gustó sentarme atrás, para ir más piola y no tener que encontrarme con gente (nunca fui muy sociable). También porque era más fácil encontrar asientos. Junto a mi se sentó un viejo – calculo de unos 60 años -, demasiado pegado a mi para mi gusto. No me di ni cuenta cuando empecé a sentir su mano rozando mi pierna, pero muy sutil, onda con un sólo dedo. Me estoy pasando rollos, pensé, a lo mejor fue sin querer. El pánico me vino cuando ya su palma completa se encaramó sobre mi muslo y comenzó a avanzar rápidamente hacia mi entrepierna. Me paralicé, pero menos mal hice click al tiro y en medio segundo atiné a pararme, decir PERMISO y rajar a la parte de más adelante de la micro.

Aún estando ya lejos de él y sintiéndome a salvo, seguía con la duda de si acaso no había sido mi imaginación. Pero lo miré de reojo por encima del hombro y ahí estaba, mirándome fijo con cara de caliente, haciéndome gestos con la lengua y de fondo una sonrisa perversa. Esa cara no se me va a borrar jamás. La recuerdo constantemente y cada vez que me siento vulnerable por alguna razón, vuelve a mi mente. Es como si fuera el rostro de mi inseguridad; como si siempre que dudo de mi misma, viniera a decirme “hola, no me he ido”.

Hasta el día de hoy me arrepiento de no haberlo encarado. En su momento pensé en discursos completos que le podría haber dicho al viejo de mierda; hasta lo escribí en un cuaderno que tenía, como una especie de ensayo en caso de que me volviera ocurrir algo así. Por suerte no me ha pasado y creo ser “afortunada”, ya que mis historias posteriores de acoso han sido “sólo” comentarios en la calle. Y lo pongo entre comillas por la exclusiva razón de que, aunque son “sólo” comentarios, igual de alguna manera me afectaron. Y me siguen afectando cada vez.

La primera vez que conté la historia del viejo de la micro, que no duró más de 10 minutos de mi vida, fue a mi pololo, hace como dos años. La segunda vez fue ayer, a un grupo de compañeras de trabajo, con quienes conversábamos durante el almuerzo sobre nuestras experiencias de acoso y lo común que es escuchar historias así de parte de mujeres. La mía, de hecho, era la más “livianita” de las que se contaron sobre la mesa. Y eso es lo que encuentro más cuático: que aún historias con un grado bajo en niveles de acoso, lejos de una violación propiamente tal, puedan marcar tanto a alguien. Porque la experiencia pueden ser cinco o diez minutos en el momento, pero la mayoría de las veces se quedan con nosotras para siempre.

¿Por qué no lo contamos? Hasta hoy me pregunto qué fue lo que me frenó de llegar a mi casa a contarle a mi mamá y desahogar toda mi humillación sobre su hombro. No lo hice esa vez ni tampoco cuando otro viejo con el que me crucé en la calle, se acercó a mi oído para susurrarme un “te shuparía las tetah”. Me lo guardé por siempre, con vergüenza y con todo el esfuerzo mental puesto en auto convencerme que era yo la exagerada, que no era para tanto. ¿Por qué los encubrimos? Es la manera que tenemos de naturalizarlos, porque nos da miedo ser tratadas de cuáticas y así lo aguantamos, lo aguantamos, hasta que, en algunos casos, incluso llegamos a reprimirlo.

Entre las cosas que conversábamos con mis compañeras está precisamente lo del bloqueo, o lo que científicamente llaman amnesia disociativa. He leído mucho sobre historias de mujeres que fueron abusadas años atrás, que nunca lo contaron y que en un momento de sus vidas recordaron el episodio con cierta incomodidad, pero sin entender del todo. Sólo entonces entraron en razón, onda “oh, parece que fui abusada”. Pero ahora al resto ya no le importa tanto, porque “ya fue”. Me acordé de The Keepers, donde señoras ya mayores denunciaron al cura que abusó de ellas siendo niñas, y aunque les sirvió para intentar reparar una herida, difícilmente se pudo hacer algo de manera legal.

No nos callemos. Creo que si algo tenemos que valorar hoy es que se ha instalado un debate que nos juega a favor y al que nos tenemos que sumar. Se trata de nosotras, de nuestros cuerpos, de nuestra integridad y NO es exagerado bajo ningún punto de vista. Es simple: si una acción o un comentario te incomoda, es razón suficiente como para que esté mal. Quienes estamos grandes ya lo sabemos, pero creo profundamente necesario que las generaciones que vienen también lo sepan. Y ojo: desde chicas. Gran parte de los abusos comienzan a los 5 o 6 años de edad, con el tío que ayudándote a ponerte el pijama te “pasó a llevar” la vagina o con el profe de gimnasia que entró contigo a los probadores cuando te cambiabas de ropa. Desde niñas tenemos que aprender a decir no.

Yo ya no me siento en la parte detrás de la micro, me da miedo. Tampoco camino sola en la noche como lo hubiese hecho en alguna época de mi vida. A veces trato de olvidarme y recordar que estando en la parte de adelante de la micro logré sentirme a salvo, más segura en un espacio que sentí como un pequeño refugio. El problema es que no estamos seguras y que ese espacio, realmente y aunque suene terrible (porque lo es), todavía no lo tenemos.

*Quiero que este post sirva como una invitación al desahogo. Si tienen historias, las invito a compartirlas. De verdad creo que contándolas entre nosotras aportamos a una lucha que hoy crece y que, esperemos no en mucho tiempo más, podrá traducirse en menos miedo y en libertad.

Autor

Periodista y directora de The Pocket. Me gustan los perros, las películas y veo más series de las que debería. En otra vida fui una sailor scout.

7 Comentarios

  1. Primero: Palali eres seca! Siempre leo tus recomendaciones de películas o series y siempre acertiva! Me has metido en una u otra “pasta base” jajaaj!

    A los viejos cochinos los conozco desde chica, pues vivo en una zona periférica y levantas una piedra y hay 15550 viejos asquerosos y curados…
    Siempre he sido tutona (como buena chilena) de chica me encataba usar una mini amarilla pero odiaba cuando mi mamá me mandaba a comprar y justo andaba con esta mini, pues los viejos no respetaban que era una niñita y me acomplejaron con sus “piropos” ….claro poh! Verdad que a los 7 años andas buscando que le digan tonteras…

    Menos mal que nunca han ido mas allá que simples “piropos” que son realmente insultos! Palabras bajas!!! Que te dejan menoscavada….

    La vida de una mujer en un pais tan machista no es fácil, aprendí a defenferme contra estas palabras, pero.me he ganado frases peores! Una vez un cagado de la cabeza me espero para decirme unas palabras ya que, hace poco le habia respondido a uno de sus “halagos”…. otra oporunidad iba con mi hijo camino a dejarlo al.colegio, plena mañana, y un viejo, nuevamente, aasqueroso, sin importarle nada, me toco el trasero… sin respeto a mi hijo ni menos conmigo… obviamente se gano un rosario de esos que he aprendido a lo largo de mi vida, pero mi hijo no se le olvida hasta el se hoy….

    Asi podría escribir un post mas largo que este… Gracias Palali por dar esta oportunidad para el desahogo.

    Besos
    Caro

    • Qué rabia, por la chucha. Pero seca: no todas somos capaces de responder con un rosario bien merecido. Hay tantos que yo me he suprimido, supongo que porque mi primer instinto es bloquearme, todo mal, pero juro que lo estoy trabajando. Un abrazo y gracias por compartirnos esto :*

  2. Creo que mi experiencia más fea fue cuando tenía doce años. Estaba en un paradero con el buzo del colegio y un viejo me habló. Te llevo? Me dijo. Negué nerviosa. Siguió insistiendo y yo le decía que no de forma más segura porque no quería que notara mi miedo. “Yo tengo furgon, mi nieto va al mismo colegio que tu, ¿vas para tu casa?” El remate fue cuando dijo “han pasado cuatro micros y ninguna te ha parado”. Y ahi me asusté en serio. Weon el viejo cuanto rato estuvo mirando. Finmente se aburrió y enojado dijo “aaagh” y se fue. Por suerte estaba lejos de mi.
    Llegué a mi casa y cuando le contè a mi mamá, me puse a llorar. No sé por qué no se me ocurrió caminar, o decir ahí viene mi mamá! Me acuerdo que quería que llegara más gente al paradero. Y todo eso pasó cerca de las 3 de la tarde.

    Acotación aparte: Me gustaría que cambiaras la parte que dice “forever autista”. Que una persona tenga TEA no necesariamente significa que sea asocial, la cual creo que es la palabra correcta. Lo digo de buena forma, porque así como queremos cambiar el lenguaje machista, también se puede cambiar el lenguaje despectivo hacia las personas con alguna discapacidad fisica, neurológica o sicológica. La verdad me choca porque mi hermano es un joven aspeger, y es tan terrible como decirle “mongolito” a alguien, en una evidente burla hacia las personas con Down. De ante mano, gracias!

  3. Bueno las mias son varias:
    5 años un tipo se me acerca a mi y unas amiguitas y nos muestra el pene, 2 de la tarde….en plena calle
    14 años, yo siempre me sentaba adelante en la micro y yo creo que por eso el heladero que se me sento al lado, solo fue acercando su mano, mas y mas hasta rozar mi muslo, no podia meterme la mano porque en esa epoca el segundo asiento de la micro siempre era abierto hacia el chofer.
    20 años, me bajo de la micro y un gallo me agarra del cuello con todo el brazo y me dice “o me das un beso o no te suelto”….
    más mil otros agarrones de poto, sobajeos no pedidos, etc… a veces pienso que mi hija tambien tendrá estas anecdotas en su biografía…

  4. Es terrible lo que tenemos que vivir como género a menudo. Yo soy argentina y me pasaron varias. La más grave fue una vez que caminaba por la calle y un tipo me cruzó el auto en la esquina cuando esperaba para cruzar, abrió la puerta y empezó a masturbarse mientras me miraba con una cara de pajero que no me la olvido más. Me invitó a subir pero salí corriendo del miedo. Es una injusticia vivir así, con temor a lo que te puedan decir, y también sin saber si algún día no vas a volver a tu casa.

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