Feminismo es la palabra del 2017. Hace una semana Merriam-Webster hizo este anuncio que, al menos a mi, me hace sentir que pese a los malos ratos, a la rabia, a la impotencia que vivimos con el sinfín de noticias sobre violencia machista que cubrieron los diarios, el 2017 fue un año para enmarcar.

Hay muchas definiciones para la palabra “feminismo”. Desde que me reconozco como feminista, he leído tantas que algunas no las recuerdo, pero creo que la que hace bell hooks (con minúscula, como ella misma lo escribe) en “El feminismo es para todo el mundo”, es una de las más claras y certeras.

El libro fue publicado en el 2000, pero sigue más que vigente. Al ser estadounidense y de raza negra, bell hooks abarca muchos aspectos sobre su propia realidad y cómo vive el feminismo como mujer afroamericana, sin embargo logra también reflejar muy bien lo que es el feminismo para todas nosotras, incluso existiendo visiones tan diferentes de un mismo movimiento. ¿No les pasa que a veces sienten que hay diferencias de ideas con otras mujeres que se consideran feministas, incluso cuando lo que están defendiendo es lo mismo? Ella aquí también aborda ese tipo de puntos.

Es interesante también darnos cuenta que cuando fue escrito el libro, el desafío era reinventar el feminismo, instalarlo en todas las plataformas posibles para darle visibilidad y hacerlo generar ruido. 17 años después, podemos decir que eso está pasando. El feminismo pudo haber vivido una etapa crítica, pero es algo que está quedando atrás. Lo sabemos con las 3 Causales, con la ley de cuotas en el Congreso, lo sabemos cuando vemos humoristas mujeres subirse al escenario de un festival históricamente dominado por humoristas hombres, lo vivimos con cada marcha. Si miramos para afuera, lo vemos más que nunca con el fenómeno Harvey Weinstein y #MeToo.

Quiero dejarles el texto del primer capítulo del libro para que se lo muestren a cada persona que cuestione el por qué somos feministas. A todos los que nos digan “feminazi” o que digan “el feminismo es como el machismo pero al revés”. Aquí, para mi, está la respuesta, pero también la puerta a que cada una abrace esta palabra como propia. Mientras más la abracemos, más fuerte se hace.

1. Política feminista
Dónde estamos

Explicado de forma sencilla, el feminismo es un movimiento para acabar con el sexismo, la explotación sexista y la opresión. Esta definición del feminismo la incluí en mi libro Feminist Theory: From Margin to Center hace más de diez años. En ese momento esperaba que se convirtiera en una definición común que utilizara todo el mundo; me gustaba porque no implicaba que los hombres fueran el enemigo. Al especificar que el problema era el sexismo, iba directamente al corazón de la cuestión. A efectos prácticos, es una definición que implica que el problema es el conjunto del pensamiento y la acción sexista, independientemente de que lo perpetúen mujeres u hombres, niños o adultos. Es lo suficientemente amplia como para comprender el sexismo sistémico institucionalizado; y es una definición abierta. Para entender el feminismo es necesario entender el sexismo.

Como bien saben todas las personas que defienden la política feminista, la mayoría de la gente no sabe lo que es el sexismo o, si lo sabe, cree que no es un problema. Mucha gente cree que el feminismo consiste única y exclusivamente en mujeres que quieren ser iguales que los hombres, y la gran mayoría de esta gente cree que el feminismo es antihombres. Esta falta de comprensión de la política feminista refleja lo que la mayoría de la gente aprende sobre el feminismo a través de los medios de comunicación de masas patriarcales. El feminismo del que más oyen hablar está representado por mujeres comprometidas principalmente con la igualdad de género: el mismo salario por el mismo trabajo y, a veces, el reparto de las tareas del hogar y la crianza entre mujeres y hombres. Generalmente ven que estas mujeres son blancas y privilegiadas materialmente y saben, por los medios de comunicación de masas, que la liberación de las mujeres se centra en la libertad para abortar, para ser lesbianas y en la lucha contra la violación y la violencia doméstica. De todos estos temas, mucha gente está de acuerdo con la idea de la igualdad de género en el trabajo: el mismo salario por el mismo trabajo.

Como nuestra sociedad sigue teniendo principalmente una cultura «cristiana», mucha gente sigue creyendo que Dios ha dispuesto que las mujeres deben estar subordinadas a los hombres en el hogar. Aunque muchísimas mujeres se hayan incorporado a la población activa o aunque muchas familias estén encabezadas por mujeres como únicas proveedoras, sigue dominando en el país la imagen de que la dominación masculina sigue intacta, haya o no hombres en el hogar.

La errónea noción del movimiento feminista como movimiento antihombres conllevaba también la errónea asunción de que los espacios en los que solo había mujeres serían necesariamente entornos libres de patriarcado y pensamiento sexista. Muchas mujeres, incluidas las que participaban activamente en política feminista, también decidieron creérselo. De hecho, sí que existía un fuerte sentimiento antihombres entre las primeras activistas feministas que luchaban con rabia contra la dominación masculina. Esa rabia ante la injusticia fue lo que les impulsó a crear el movimiento de liberación de las mujeres. En un principio, la mayoría de las activistas feministas (la mayor parte blancas) tomaron conciencia de la naturaleza de la dominación masculina cuando militaban en espacios anticlasistas y antirracistas con hombres que hablaban al mundo sobre la importancia de la libertad mientras subordinaban a las mujeres en sus filas. Ya fuera en el contexto de mujeres blancas que luchaban en nombre del socialismo, mujeres negras que luchaban a favor de los derechos civiles y la liberación de la población negra o mujeres nativas estadounidenses que luchaban por los derechos indígenas, estaba claro que los hombres querían ser los líderes y que querían que las mujeres los siguieran. Participar en estas luchas radicales de liberación despertó el espíritu de rebelión y resistencia de las mujeres progresistas y las condujo a la lucha contemporánea de liberación de las mujeres.

Según fue evolucionando el feminismo contemporáneo y según se fueron dando cuenta las mujeres de que los hombres no eran el único grupo de nuestra sociedad que perpetuaba el pensamiento y la práctica sexista —las mujeres también podían ser sexistas— el sentimiento antihombres dejó de moldear la conciencia del movimiento; los esfuerzos pasaron a centrarse en la creación de justicia de género. Pero las mujeres no podíamos unirnos para impulsar el feminismo sin enfrentarnos a nuestro pensamiento sexista. La sororidad no podía ser poderosa mientras las mujeres siguieran compitiendo entre ellas. Las visiones utópicas de la sororidad que se basaban únicamente en la conciencia del hecho de que todas las mujeres eran de alguna manera víctimas de la dominación masculina se vieron afectadas por los debates de clase y raza. Los debates sobre las diferencias de clase surgieron muy pronto en el feminismo contemporáneo, antes que los debates sobre la raza. Diana Press publicó unas notas revolucionarias sobre las divisiones de clase entre las mujeres a mediados de los setenta en la recopilación de artículos Class and Feminism. Estos debates no trivializaban la insistencia feminista en que «la sororidad es poderosa», sino que simplemente hacían hincapié en que solo podríamos llegar a ser hermanas en la lucha si nos enfrentábamos a las formas en las que las mujeres —mediante la clase, la raza o la orientación sexual— dominaban y explotaban a otras mujeres y creábamos una plataforma política que abordara estas diferencias.

Aunque las mujeres negras de forma individual habían participado en el movimiento feminista contemporáneo desde sus inicios, no fueron las que se convirtieron en las «estrellas» del mismo, las que atrajeron la atención de los medios de comunicación de masas. A menudo, las mujeres negras activas en el movimiento feminista eran feministas revolucionarias (como muchas lesbianas blancas). No estaban de acuerdo con las feministas reformistas que querían proyectar firmemente una imagen del movimiento que consistía únicamente en lograr la igualdad entre hombres y mujeres dentro del sistema existente. Incluso antes de que se empezara a debatir sobre la cuestión de la raza en los círculos feministas, las mujeres negras (y sus aliados revolucionarios en la lucha) tenían claro que nunca iban a conseguir la igualdad dentro del patriarcado capitalista supremacista blanco existente.

Desde sus inicios, el movimiento feminista ha estado polarizado. Las pensadoras reformistas eligieron hacer hincapié en la igualdad de género. Las pensadoras revolucionarias no queríamos simplemente modificar el sistema existente para que las mujeres tuvieran más derechos; queríamos transformar ese sistema, acabar con el patriarcado y el sexismo. Como los medios de comunicación de masas patriarcales no estaban interesados en la visión más revolucionaria, la prensa convencional nunca le prestó atención. La imagen de la «liberación de las mujeres» que quedó y que permanece en el imaginario de la gente representa a mujeres que querían lo que tenían los hombres; y esto era más fácil de alcanzar. Los cambios de la economía del país, la crisis económica, la pérdida de empleos, etc., crearon el clima adecuado para que nuestra ciudadanía aceptara la noción de la igualdad de género en el trabajo.

Dada la realidad del racismo, tenía sentido que los hombres blancos estuvieran más dispuestos a tener en cuenta los derechos de las mujeres, al considerar que la obtención de esos derechos podría servir a los intereses de mantener la supremacía blanca. No podemos olvidar que las mujeres blancas empezaron a reivindicar su necesidad de libertad siguiendo los pasos de los derechos civiles, justo en el momento en el que se estaba luchando contra la discriminación racial y en el que la población negra, especialmente los hombres negros, podrían haber logrado la igualdad con los hombres blancos en el trabajo. El pensamiento del feminismo reformista, que se centra principalmente en la igualdad con los hombres en el trabajo, eclipsó las bases radicales originales del feminismo contemporáneo que reivindicaban la reforma y la reestructuración general de la sociedad para que nuestro país fuera fundamentalmente antisexista.

La mayoría de las mujeres, especialmente las mujeres blancas privilegiadas, dejaron incluso de tener en cuenta las visiones feministas revolucionarias cuando empezaron a conseguir poder económico dentro de la estructura social existente. Irónicamente, el pensamiento feminista revolucionario tenía una mayor aceptación y seguimiento en los círculos académicos, en los cuales se siguió produciendo teoría feminista revolucionaria, pero en muchos casos esa teoría no llegaba al gran público. Pasó a ser, y lo sigue siendo, un discurso privilegiado disponible para aquellas personas con una amplia formación académica, buenos estudios y, generalmente, materialmente privilegiadas. Obras como Feminist Theory: From Margin to Center, que ofrecen una visión liberadora de la transformación feminista, no reciben nunca mucha atención. Mucha gente no ha oído hablar de este libro; no han rechazado su mensaje, simplemente no lo conocen.

Al patriarcado capitalista supremacista blanco establecido le interesaba acabar con el pensamiento feminista visionario que no era antihombres o cuyo objetivo no era conseguir el derecho de las mujeres a ser como los hombres, y las feministas reformistas también querían silenciar estas fuerzas. El feminismo reformista se convirtió en un medio para la movilidad de clase; les permitía liberarse de la dominación masculina en el trabajo y tener un estilo de vida más independiente. Aunque no se había acabado con el sexismo, podían maximizar su libertad dentro del sistema existente y podían contar con la existencia de una clase más baja de mujeres subordinadas explotadas que harían el trabajo sucio que ellas se negaban a hacer. Al aceptar y, de hecho, confabular por la subordinación de la clase trabajadora y las mujeres pobres, no solo se aliaron con el patriarcado existente y su sexismo concomitante, sino que se concedieron a sí mismas el derecho a llevar una doble vida: una en la que eran iguales que los hombres en el empleo y otra en el hogar cuando querían permanecer en él. Si optaban por el lesbianismo, tenían el privilegio de ser iguales que los hombres en el empleo, mientras utilizaban su poder de clase para crear hogares en los que podían elegir tener poco o ningún contacto con los hombres.

El «feminismo como estilo de vida» se acomodaba en la noción de que podía haber tantas versiones del feminismo como mujeres en el mundo. De repente, el feminismo se fue vaciando lentamente de contenido político y se impuso la idea de que no importaba la tendencia política de una mujer, ya fuera conservadora o liberal: ella también podía incorporar el feminismo en su estilo de vida. Obviamente, esta forma de pensar ha hecho que se acepte más el feminismo porque presupone que las mujeres pueden ser feministas sin desafiar la esencia de la cultura o a ellas mismas. Por ejemplo, tomemos el caso del aborto: si el feminismo es un movimiento para acabar con la opresión sexista y privar a las mujeres de los derechos reproductivos es una forma de opresión sexista, no se puede estar en contra del derecho a decidir y ser feminista. Una mujer puede insistir en que ella nunca optaría por abortar, pero afirmará su apoyo al derecho de las mujeres a elegir y seguirá siendo una defensora de la política feminista. No se puede ser antiabortista y defensora del feminismo. Asimismo, no puede existir un «feminismo del poder» si la imagen del poder que se evoca es el que se obtiene mediante la explotación y opresión de otras personas.

La política feminista está perdiendo fuerza porque el movimiento feminista ha perdido definiciones claras. Tenemos esas definiciones. Reivindiquémoslas. Compartámoslas. Volvamos a empezar. Hagamos camisetas y pegatinas, postales y música hip-hop, anuncios para la televisión y la radio, carteles y publicidad en todas partes, y cualquier tipo de material impreso que hable al mundo sobre feminismo. Podemos compartir el mensaje sencillo pero potente de que el feminismo es un movimiento para acabar con la opresión sexista. Empecemos por ahí. Dejemos que el movimiento vuelva a empezar.

Autor

Periodista y directora de The Pocket. Me gustan los perros, las películas y veo más series de las que debería. En otra vida fui una sailor scout. En Instagram @palaliu.

1 Comentario

  1. Me carga que reduzcan el feminismo a la búsqueda de igualdad solamente. Luego de reflexionar y recaudar mis lecturas puedo -tentativamente- concluir que el feminismo es la deconstrucción de esquemas o modelos patriarcales y sexistas. Un saludo y me encanto el post! <3

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