Hacer las cosas bien es algo que nos imponen prácticamente desde que tenemos conciencia entre el bien y el mal. Sacarnos buenas notas, ser buenos con nuestros papás, con nuestros amigos y tratar de sacar lo mejor de nosotros en todo aspecto de nuestras vidas. No equivocarnos, porque equivocarnos significa un fracaso, que algo hicimos mal y de lo cual debiésemos arrepentirnos.

En la vida nos equivocamos muchas veces. Nos ponen anotaciones negativas, le faltamos el respeto a algún profe, nos echamos ramos en la U, elegimos una carrera que no sabemos si nos llena del todo, o trabajamos por años en lugares que no nos gustan, por miedo a renunciar y quedarnos con las manos vacías. Hacemos sufrir a otros sin darnos cuenta o, peor aún, decidimos deliberadamente hacer algo que sabemos que a otro le hará mal. No creo que nadie pueda decir con total seguridad “yo nunca me he equivocado”, o si ese alguien existe, su vida debe ser muy poco emocionante.

Por mucho tiempo tuve miedo a equivocarme, a que las cosas me salieran mal. Sospecho que es porque en mi adolescencia me equivoqué mucho, le hice daño a mis papás con mis errores y rebeldías, y eso hizo que más tarde quisiera enmendar todo lo malo que antes hice. Tener buenas notas en la universidad, titularme con un buen promedio, tener una pareja estable, conseguir una buena pega y hacer carrera en mi profesión. Que, en el fondo, quienes me quieren sintieran orgullo de mi, ese orgullo que antes tal vez no habían sentido. Lo que no caché en el camino es que realmente parecía estar corriendo una carrera conmigo misma, a todo dar y sin detenerme a pensar ni un segundo si todo eso era lo que quería.

Los 30 son una edad de muchas definiciones y, si me preguntan, todavía no sé lo que quiero. De repente miro a mis amigos que ya parecen tener todo tan definido y me pregunto qué es lo que me falta a mi. Sé que este año será de replantearme muchas cosas, empezar de cero en muchos sentidos y entender que no tengo por qué ser perfecta. Me puedo equivocar en lo que decida, puedo arrepentirme y sufrir por haber abandonado algo que parecía hacerme bien, pero no lo sabré si no me equivoco primero.

Equivocarse está bien. Es algo que he ido descubriendo con el tiempo y que hoy veo como un derecho. Estar mal también está bien. Todos debiésemos equivocarnos más de una vez, tocar fondo y caer en un hoyo. Después – si tenemos suerte no mucho después – poder mirar ese hoyo y reírnos desde arriba. Todo requiere un quiebre: hasta las olas chocan con las rocas para después volver a la calma. La lección es esa, abrazar las equivocaciones para luego sacar en limpio.

Autor

Periodista y directora de The Pocket. Me gustan los perros, las películas y veo más series de las que debería. En otra vida fui una sailor scout. En Instagram @palaliu.

Deja Un Comentario